La sangre no salpica a México, lo ahoga

La Iglesia católica ha logrado permanecer desde los tiempos de la conquista en México, gracias a sus evidentes alianzas con el poder político y económico en turno, en especial con el primero. De modo oportuno ha guardado silencio cuando así conviene a sus amplios intereses. Evita los choques frontales con los regímenes que pueden ponen en riesgo sus vastas riquezas de muchas clases.

Así es y ha sido el comportamiento de la cúpula dorada que dirige la institución católica. Pero la semana pasada el brutal asesinato de los dos sacerdotes jesuitas en Chihuahua, obligó a esa jerarquía que, en su mayoría vive espléndidamente, a pronunciarse públicamente en contra de la ineficiente e hilarante estrategia de seguridad del gobierno basada en estrechos y emotivos abrazos.

Por ello, la Conferencia del Episcopado Mexicano, no dudó en afirmar que “el crimen se ha extendido por todas partes, trastocando la vida cotidiana de toda la sociedad”, muy al contrario de lo que afirma el presidente López Obrador, pero en línea con lo que asegura el gobierno estadunidense de que los grupos criminales controlan al menos un tercio del territorio nacional.

El cobarde asesinato de Javier Campos y Joaquín Mora, un par de jesuitas que dedicaron gran parte de su vida a otorgar ayuda en la Sierra Tarahumara, dominada no sólo por la asfixiante pobreza, sino ahora por las bandas del narcotráfico, perdieron la vida a manos de un sicario que se paseaba de forma impune en la región a pesar de contar con una orden de aprehensión desde hace años.

Desde luego que el condenable crimen en contra de los sacerdotes, causó enorme indignación en todo el país y el mundo, incluso, la noticia de esa atrocidad llegó al Vaticano, donde el papa Francisco manifestó su consternación por el asesinato de los dos religiosos jesuitas y el guía de turistas, también ejecutado por el sicario referido. ¡Cuántos asesinatos en México!, lamentó el Pontífice.

Pero esa barbarie que hoy tocó a dos integrantes activos de la Iglesia, es sólo una muestra más de la brutal ferocidad con la cual se comportan a toda hora los criminales, esos a los que Andrés Manuel López Obrador, el jefe del Estado mexicano, pide dar abrazos y no balazos; los mismos a los cuales el tabasqueño, sospechosamente, dice que también cuida su gobierno porque son seres humanos.

Resulta claro e inobjetable que las justificadas críticas y reclamos de la nomenclatura de la Iglesia católica son, esta ocasión, también la voz dolida y desesperanzada de la sociedad mexicana, una sociedad agredida, ofendida y desprotegida. Y tiene razón Monseñor Ramón Castro Castro, secretario general de la CEM “Los índices de violencia y sus estructuras de muertes, se han desbordado e instalado en nuestras comunidades”. Una verdad absoluta que impacta en Palacio.

Hay algo en que, no obstante, el alto prelado de la Iglesia católica se quedó muy corto cuando, a través de un video en las redes sociales, precisó que “nuestro México está salpicando sangre”. Ahí cuasi faltó a la verdad. México no está salpicando sangre: se está ahogando en sangre. Así lo demuestran los 124 mil 457 homicidios dolosos en lo que va de la administración obradorista. Cifra que supera, y por mucho, a las de sus “odiados” antecesores en la silla presidencial.

Desde el 1 de diciembre del 2018, efectivamente, “los abrazos ya no nos alcanzan para cubrir los balazos”, recordó el padre Ávila durante la misa para los jesuitas Javier y Joaquín, donde pidió al presidente de la República, revisar su proyecto de seguridad pública “porque no vamos bien y esto es clamor popular”. Pero la obstinación de AMLO nace del estómago y no quiere cambiarlo.

Hoy, los mexicanos padecemos los efectos de un cúmulo de malas decisiones del gobierno. Las consecuencias están a la vista en el quehacer cotidiano de la población. Más pobres en el país; escasez de empleo formal; inflación que aniquila las economías familiares; años más violentos; desapariciones forzosas que suman más de 100 mil víctimas; feminicidios que horrorizan a la gente y a la comunidad internacional; ejecuciones de periodistas, activistas y luchadores ambientalistas.

Ni hablar de la cada vez más peligrosa polarización alentada desde el púlpito mañanero. Tampoco, de las consideraciones hacia las bandas del narcotráfico y las crecientes suspicacias de una relación palatina con esos malosos, como lo denunció un distinguido morenista: Porfirio Muñoz Ledo. Al que pretendieron descalificar el presidente y sus lacayos por absurdas cuestiones de edad.

Finalmente, mientras México retrocede a grandes pasos a una época a la que nadie desea, excepto quienes temen conducir a esta bella nación hacia un futuro halagüeño y próspero, el costo de una supuesta transformación -retrógrada en los hechos- está basada en el inmoral dejar hacer, dejar pasar. Cortesía que parece aplicar sólo a los poderosos cárteles del crimen organizado.

@BTU15

*Nota del editor: imagen en portada: captura de pantalla*