La “ingenuidad” de Rosario

Luego de estar en el candelero como la primera jefa de Gobierno del entonces Distrito Federal, Rosario Robles Berlanga pasó algunos años en la “banca”, exhibida por el escándalo de su desastrosa relación política y personal con el empresario argentino Carlos Ahumada. En esa época, quien también llegó a ser presidenta nacional del PRD, se refugió, entre otras cosas, en un programa soso de televisión con Tere Vale en el canal 34 del Estado de México, llamado Mujeres en el Risco.

Fue en el 2012 cuando tuvo la visión y habilidad de unirse a la campaña del candidato priista Enrique Peña Nieto, quien a la postre se convirtió en presidente de la República. La decisión de Robles le rindió magníficos frutos, y ya en Los Pinos, el mexiquense la nombró secretaria de Desarrollo Social –hoy, del Bienestar- donde pudo manejar uno de los presupuestos gubernamentales más cuantiosos.

Pero la señora Robles no aprendió la lección, se perdió en los peligrosos y engañosos humos del poder público; muy pronto se contagió de la soberbia, frivolidad y pésimos vicios del “incorregible dinosaurio” que regresaba a la Presidencia tras 12 años de una forzada ausencia decretada por los electores, hartados de las corruptelas, saqueos, ineficacias, complicidades e impunidades del PRI.

Ávidos de recuperar el tiempo perdido y todo lo que ello representa, los funcionarios del Gabinete peñista, junto con varios de sus gobernadores, no tardaron en comenzar sus latrocinios. Sin embargo, una sociedad más participativa y el boom de las redes sociales, reveló sin dilación los excesos que se llevaban a cabo en las dependencias oficiales. La Sedesol de Rosario Robles era mencionada de manera recurrente en esas acciones ilícitas. Peña Nieto decidió ignorar los avisos.

Empoderada en público de modo ignominioso por su frívolo jefe, Robles Berlanga aumentó a niveles febriles su poder dentro del equipo de Peña Nieto. El ominoso “Rosario, no te preocupes, hay que aguantar, porque han empezado las críticas, han empezado las descalificaciones de aquellos a quienes ocupa y preocupa la política y las elecciones”, fue interpretado como una especie de patente de corso por la titular de Desarrollo Social y su operador político, Emilio Zebadúa.

Disminuido políticamente por el escándalo que representó La Casa Blanca, Peña Nieto no sólo pareció perder el control sobre los miembros de su Gabinete, sino que se vio imposibilitado para, desde un punto de vista moral y ético, poner el ejemplo de honestidad que requería su ya para entonces muy cuestionada gestión. Sin el freno presidencial, el saqueo al erario se exacerbó.

Vino entonces la premiada investigación periodística conocida como La Estafa Maestra que documentaba a detalle la depredación de recursos públicos orquestado en la Sedesol por más de tres mil millones de pesos y cuyo rastro llegaba hasta ciertas universidades públicas mediante un esquema de empresas fantasma. No obstante las evidencias irrefutables, Peña siguió con la protección a Rosario Robles y lejos de ordenar una rigurosa investigación, únicamente la cambió a la Sedatu, donde ella y su nocivo equipo cercano, siguieron operando en total impunidad.

Lo anterior describe algunos de los “pecados” de una política que demostró su esencia en cuanto tuvo nuevamente un alto puesto público y el poder que ello conlleva. Como se aprecia, la señora Robles no es precisamente un ejemplo de probidad y vocación para servir a la sociedad. Pocos creen en su inocencia y de que no se haya enterado del millonario desvío maquinado en la propia Secretaría a su cargo. Tanta soberbia, de creerse intocable, y confiar en alguna impunidad negociada, la tienen presa. Y sí, en algo tiene razón: debe ser juzgada sin desviaciones, ni fobias, sin prostituir la aplicación de la ley.

Mas no es un secreto que el encarcelamiento y exhibición de Rosario Robles, aunque tiene un sostén jurídico, obedece también a causas ajenas a lo estrictamente legal. Que el juez designado para llevar su causa y ordenara su permanencia en prisión preventiva por dos meses, sea sobrino de Dolores Padierna, esposa de René Bejarano, el “Señor de las ligas”, no es casualidad, a pesar de que se afirme lo contrario. En política, es harto conocido, no hay casualidades, existen causalidades, muchas.

Por eso, doña Rosario incurre en una “ingenuidad” descomunal cuando pregunta en su carta de este jueves al presidente López Obrador, con quien alguna ocasión tuvo una relación cercana, “¿por qué esta saña?”. Vaya que lo sabe, y no le va el victimizarse. Hoy paga facturas pendientes con intereses exorbitantes. Y se quedó sola, pues ninguno de sus otrora protectores, moverá un dedo para ayudarla, antes bien, éstos intentan que no los alcancen las vendettas. Así es de solidaria la política.

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Imagen (hoja 4) tomada del twitter de @Rosario_Robles_  

Todo indica que, por lo pronto, Robles Berlanga deberá hacer efectiva la frase de su exjefe: “Hay que aguantar”; porque la “ingenuidad” no está en el ADN de la clase política. Ah, y faltan poco más de cinco años del actual gobierno, así que puede ir escribiendo más cartas al señor Presidente.

@BTU15

*Nota del editor: Foto en portada: especial Internet*