La anarquía que asfixió a Meade, al PRI y a… Ochoa Reza

La anarquía es entendida como desconcierto, incoherencia y barullo, en una de las acepciones de la Real Academia Española. Sentido que puede ser utilizado para describir con absoluta precisión lo que sucede en el equipo de campaña de José Antonio Meade, candidato priista a la Presidencia de la República. El caos es evidente, excepto para quien se supone que debería poner orden: el Presidente.

Desde luego que no nos referimos a Enrique Ochoa Reza, quien hasta ayer fue un auténtico petardo en la dirigencia nacional del tricolor, sino al “jefe máximo” del priismo, Enrique Peña Nieto. La llegada de Ochoa al Partido Revolucionario Institucional (PRI) disgustó a un amplio sector de la alta militancia, que vio cómo un cuestionado burócrata —que sin pudor alguno recibió una cuantiosa “liquidación” cuando renunció a la CFE— era impuesto sin más ni más. La fractura quedó expuesta. Hoy, esos priistas están cobrando la factura y recobraron el control del partido, justamente cuando languidece el sexenio peñista.

Mas no se trata de un simple jaloneo entre los diversos equipos incrustados en la campaña del “candidato ciudadano”, Meade Kuribreña. Se trata de una guerra de egos, de ambiciones y de poder. Los muy diferentes intereses colectivos y personales del propio candidato y su equipo —Eduardo del Río y Vanessa Rubio, por ejemplo— van en sentido opuesto a los de Aurelio Nuño y compañía, o los del otro “vocero”, hasta hace poco panista recalcitrante, el impetuoso y belicoso Javier Lozano.

Todos quieren ser “jefes” en el equipo del atribulado candidato priista, que a 58 días de las elecciones nada más no levanta y parece haberse pasmado en el tercer lugar de las preferencias electorales, muy distante de Ricardo Anaya y del prácticamente inalcanzable —para él— Andrés Manuel López Obrador. El  desorden y una “estrategia” que raya en la ambigüedad han incidido directamente en la debacle de un José Antonio Meade bien intencionado, pero asfixiado por los eternos pecados capitales del PRI.

Cuando la competencia electoral, todo indica, se redujo ya a los candidatos de Morena y el PAN, la codicia y la impericia política de los tecnócratas colocados desde Los Pinos han hecho un daño terrible a la candidatura impulsada por el presidente Peña Nieto y su cercanísimo primer círculo. Parece inexorable que el Revolucionario Institucional será echado —otra vez— de la Presidencia de México.

Es cierto que López Obrador está en campaña desde hace más de una década, que Ricardo Anaya Cortés se agandalló la candidatura en el PAN y usó todos los medios disponibles para promover su postulación. Ambos son hechos indiscutibles que, en la carrera presidencial, representaron un hándicap para Meade Kuribreña, cuyo “destape”, indudablemente, fue tardío.

No obstante, es imposible atribuir totalmente al madruguete de AMLO y del ex Joven Maravilla el desastre en que está convertida la campaña electoral priista con la cual ilusamente buscan conservar el poder. Los “desacuerdos” entre los responsables son obvios y constituyen un pesado lastre para José Antonio Meade, que se suma a la extensa cadena de negativos del tricolor, como lo son la corrupción, impunidad, escándalos, inseguridad, violencia, y, por supuesto, los gobernadores ladrones, además de los tenebrosos casos de Odebrecht y la Estafa Maestra.

Buscar otra justificación que no sea la descrita es una tarea ociosa. El PRI disminuyó sensiblemente sus posibilidades de retener la Presidencia del país desde el momento en que hizo a un lado a los priistas de “abolengo”. A los tradicionales, dirían algunos. Cuando tomaron esa decisión en la casa presidencial, sentenciaron la derrota que ahora es posible anticipar en la persona de Meade.

Y en el anquilosamiento del viejo y mañoso dinosaurio tiene mucho que ver la voracidad sin límites de quienes, con desmedida soberbia, no se preocupan de otra cosa sino de llenarse los bolsillos con cuanto “negocio” sea posible realizar desde la dirigencia nacional. Olvidan que no son los dueños del partido y que existen bases de militantes a las que usualmente suelen ignorar en la toma de decisiones. Así es posible que gente como Ochoa Reza, sin el menor arraigo entre el priismo, “lidere” al partido oficial. Las consecuencias fatales están a la vista con un costo muy alto para el PRI-gobierno.

Remover a Enrique Ochoa de la dirigencia nacional es un asunto retardado, que se da en la desesperación por recuperar lo que sea posible el 1 de julio, en el recuento de una derrota largamente anunciada y exacerbada por el desastre en que está convertida la citada campaña de  Meade, quien está siendo asfixiado por los imperdonables yerros de quienes “dirigen” y “coordinan” su estrategia electoral.

Desde luego, esto es una falacia en un ring saturado de intereses perversos y enemistades declaradas. En ello quedó atrapado el candidato ciudadano… candidato al que muchísimos personajes poderosos en el PRI ven como lo que en realidad es: un extraño por cuya causa, y muy a su pesar, serán arrojados luego de un retorno efímero al poder.

STATU QUO         

Vamos a ver cómo opera René Juárez Cisneros desde la dirigencia del PRI. El guerrerense es parte de un grupo sumamente poderoso, en el que se incluye al influyentísimo Emilio Gamboa Patrón. Todo indica que finalmente en Los Pinos se dieron cuenta del error de imponer a Enrique Ochoa Reza, y hoy tratan de enmendar para restaurar las profundas heridas en beneficio de Meade Kuribreña. ¿Se unirá al esfuerzo el exsecretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong?

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: @EnriqueOchoaR*