Incendio del Baby’O, muestra de un estado de derecho roto

El incendio intencional de la afamada discoteca Baby’O en Acapulco la semana pasada, aunque llamó la atención mediática no es un hecho que extrañe en el México convulsionado de hoy. La violencia está desbordada y la otrora joya del Pacífico es uno de los territorios más afectados por la actividad criminal. Los grupos delincuenciales se disputan el control de la zona y han dejado una larguísima estela de muerte y destrucción que abarca toda clase de delitos. La impunidad es total.

La permisividad del presidente Andrés Manuel López Obrador con los cárteles, es de no creer. Mientras, el mandatario permanece en obcecación absoluta. Por eso no sorprende su respuesta al ser cuestionado acerca del incendio provocado de la conocida disco.

“Es un incendio, no se puede atribuir a la delincuencia organizada sin pruebas”. Pero sucede que las pruebas circularon profusamente en medios de comunicación y redes sociales. En video se muestra como tres hombres llegan con bidones de combustible al lugar y después de regarlo prenden fuego. Casualmente esto se dio en la víspera de que la nueva alcaldesa, Abelina López Rodríguez, recibiera el cargo de manos de la saliente, Adela Román Ocampo, ambas de Morena.

Tratar de ocultar lo que está a la vista de todos los mexicanos resulta un cinismo mayúsculo, por decirlo de manera suave. La violencia e inseguridad que ha sido incapaz de atacar con eficacia el jefe del Ejecutivo, es un cáncer que está carcomiendo velozmente el tejido social. Así quedó demostrado ya en 2019, el primer año de la gestión obradorista, que se convirtió en el más violento de la historia, seguido por el 2020.

Cuando aún no llega a la mitad de su sexenio, el gobierno de López Obrador acumula 101,347 homicidios dolosos, según datos de la firma TResearch, publicados el pasado 2 de octubre. Con esa tendencia, el gobierno del tabasqueño superaría a sus cinco antecesores en tan macabro rubro:

Carlos Salinas de Gortari, 76,767; Ernesto Zedillo, 80,671; Vicente Fox, 60,280; Felipe Calderón, 120,463; Enrique Peña Nieto, 156,066.

Por lo que se ve, la estrategia de “abrazos, no balazos” sirve para nada. Igual que un estado de derecho pisoteado por quien se le pega la gana. Así, podemos observar cómo, en un marco de procuración y aplicación de la justicia discrecional, continúan las masacres, feminicidios, extorsiones, secuestros, asaltos, robos y cobro de piso. No obstante, en las vendettas políticas a causa de rencores y fobias presidenciales, la eficacia de los órganos del Estado no deja de asombrar. 

Y aquí no cabe, ni con calzador, la excusa favorita del señor presidente López Obrador para decir que en el pasado se cometían más latrocinios. Hablamos del 2019 y 2020, con él sentado en la silla presidencial. La inseguridad empeoró sustancialmente y la actitud hacia los cárteles del crimen organizado se volvió tersa y pusilánime. Por el contrario, de manera sospechosa, el obradorismo a través de su marioneta en la FGR arremetió en contra de 31 científicos del Conacyt. Empero, las fiebres de la venganza se estrellaron, afortunadamente, en el Poder Judicial.

Ninguna excusa cabe en un México donde la sangre de tantos muertos por la violencia es la huella indeleble de gobiernos negligentes, populistas y corruptos. Más aún, las innumerables fosas clandestinas a lo largo y ancho del territorio son también testimonio de la atrocidad e indolencia.

Sucede que a través del cristal palatino desde donde se ven color de rosa los muy graves problemas nacionales, el presidente de México minimiza, e incluso distorsiona sistemáticamente, tragedias de la población. Así lo hizo en el desplome de la Línea 12 del Metro en la capital de la República; indignado, se negó a pararse en el lugar de la tragedia que cobró 26 víctimas y más de 80 heridos, además, no se guardó mandar al carajo la posibilidad. Es la empatía del señor presidente.

Una muestra de esa sensibilidad, es el desaire hacia las mujeres en el país. El desdén que ha manifestado hacia los movimientos feministas es recurrente. El hecho de que disfrace tal aversión colocando a mujeres en su Gabinete, no elimina el ignominioso comportamiento. Un deplorable hecho lo confirma. De acuerdo a la organización Semáforo Delictivo, en agosto último se registraron 104 feminicidios, la cifra más alta desde que en el año 2015 inició el registro de este tipo de delito.

Por ello es que la destrucción del Baby’O en Acapulco, no es un hecho aislado de tres pirómanos espontáneos, es otra acción del crimen organizado que le recuerda al gobierno quien manda ahí. Igual que lo hace en otras latitudes como Guanajuato, Sinaloa, Tamaulipas, Sonora, Chihuahua, Zacatecas, Baja California, Jalisco y últimamente Oaxaca. Es la punta de un iceberg monumental formado por una fallida estrategia de seguridad, ineptitud, corrupción y vasta soberbia presidencial.

@BTU15 

*Nota del editor: imagen en portada: especial Internet*