Hasta siempre, querido Búho

Cuando recibí el correo electrónico de Rosario Casco Montoya, la compañera de vida del entrañable René Avilés Fabila, me encontraba en el edificio ubicado en la calle de Madero y Bolívar, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Había ido a que le cambiaran las micas a mis lentes que aún hacen útiles a mis cansados ojos. Mientras esperaba, leí el texto con atención y no dejé de sentir cierta congoja. Rosario me avisaba que diciembre sería el último mes en que se publicaría El Búho.

Paradójicamente —reflexioné— estaba en ese momento a unas cuantas cuadras de la calle de Palma, donde en el restaurant El Cardenal tuve el enorme privilegio de conocer al maestro Avilés. Me lo presentó mi mujer, en esa época subdirectora del periódico La Crónica de Hoy. René, simplemente, era un personaje cautivador. En la comida lo constaté: era prácticamente imposible resistirse a su don de gente, sencillez, inteligencia, cultura, simpatía y su especial sentido del humor.

Avilés Fabila fue el creador de El Búho, el suplemento cultural de Excélsior, cuando ese diario era ejemplo de periodismo y casa de notables reporteros. Durante años dirigió de forma brillante las muy interesantes páginas culturales del rotativo. Era referencia obligada para artistas, escritores, la comunidad cultural y el público en general. Y ahí estuvo René, siempre brillando con su talento.

Luego de renunciar a Excélsior, y obcecado como era si de cultura se trataba, René, junto con su amada Rosario, continuó el proyecto de El Búho de forma mensual. Tenían la osadía —porque lo hacían con recursos propios— de imprimir 5,000 ejemplares mensuales hasta que fue imposible y tuvieron que emigrar a la plataforma digital. Un esfuerzo digno y muy loable.

Invitado generosamente por René a colaborar en El Búho —para ese entonces en el sitio web—, me encontré inmerso en una especie de oasis de las letras en México, un país donde el monopolio de quienes se han adueñado de los espacios culturales, vía docilidad al gobierno, es evidente y grosero.

Desde la incorporación a El Búho digital (revistaelbuho.com), ahí pasé lista de presente  colaborando con algún poema, cuento o artículo de opinión. Pero por sobre ello, disfrutando enormemente el compartir páginas con espléndidos escritores, poetas e intelectuales. Una experiencia inigualable y especialmente un placer indescriptible, cuya dicha llega a su fin en este mes. Igualmente que el año 2017, pasa inexorablemente a la historia. Una historia plena de cultura y grandes amigos.

Comprendo las razones de mi respetada, admirada y muy querida Rosario para no continuar con la publicación de El Búho. Es una tarea ardua y muy demandante —lo sé porque dirijo un portal de opinión y análisis—, además de poco rentable. Lamento profundamente el epílogo de una etapa fértil que superó muchos momentos de adversidad, pero que permaneció hasta su edición número 200, gracias al tesón y cariño por la cultura de René Avilés Fabila y Rosario Casco Montoya.

El maestro Avilés careció del apoyo gubernamental para potenciar sus anhelos en favor de la cultura. Su objetividad y críticas siempre parecieron incomodar a más de un burócrata en las altas esferas. Sólo en la administración de Carlos Salinas Gortari —quién lo diría— le hicieron un guiño al otorgarle el Premio Nacional de Periodismo —Salinas es un político astuto; perverso quizá, pero muy avispado—.

Hoy, el final de El Búho obliga a las remembranzas y, por supuesto, a las gracias más sentidas para el hombre que me dio la primera oportunidad de publicar un artículo y que me orientó magistralmente en la escritura de mis poemas y cuentos breves. Pero lo aún más valioso: me permitió ser considerado su amigo.

Gracias, querido maestro René, donde te encuentres. Gracias, querida Rosario, ha sido un regalo maravilloso conocerte y una tremenda fortuna colaborar en nuestro querido Búho.

Hasta siempre, amigos lectores. Seguramente nos encontraremos en otra trinchera literaria.

@BTU15