Hasta luego querido “Chente”, te extrañaremos

Vicente Fernández es uno de los grandes ídolos mexicanos. Un ícono de la música ranchera. Este domingo se convirtió en una leyenda definitiva. El famoso y querido Charro de Huentitán falleció a los 81 años luego de más de cuatro meses de estar internado en un hospital de Guadalajara, Jalisco.

Desde hace días se esperaba el desenlace que hoy entristece a México, una nación a la que él amó y que le correspondió de manera ilimitada, sin importar los estratos sociales. Hoy son momentos críticos y dolorosos para los Fernández. Respeto y privacidad es lo menos que merecen todos ellos.

No obstante, para algunos vivales las palabras respeto y privacidad poco significan y las han cambiado por oportunismo y voracidad comercial. Como la argentina Olga Wornat y la editorial Planeta quienes, unas horas después de que don Vicente fuese reingresado a terapia intensiva lanzaron a la venta una biografía no autorizada titulada El último rey. Quizás, en el colmo del cinismo, en vano se alegue coincidencia entre la gravedad de Chente y la aparición del libro.

Wornat es una periodista que ha logrado alguna fama escribiendo acerca de personajes públicos. Es decir, junto con su editorial explotan el morbo. Así, ha escrito acerca de Martha Sahagún, esposa del expresidente Vicente Fox, y también sobre Felipe Calderón, otro exmandatario panista. Empero Carlos Menen y Cristina Fernández, sus connacionales, también han sido objeto del botín de Wornat.

Como se ve, la pluma de la señora Olga Wornat no da para más. Es incapaz de lograr una literatura que se precie como tal. Escribir novelas teniendo como personajes centrales a hombres y mujeres públicos en situaciones complicadas, es un ejercicio bastante cuestionable y muy parecido a un tabloide que explota la nota roja donde lo que se busca, en esencia, es lograr dinero y más dinero.

Pero no vale la pena dedicarle más palabras ni a la Wornat ni a su libelo. El tema relevante es don Vicente Fernández Gómez. Un mexicano que a base esfuerzo y no pocas adversidades forjó una carrera admirable reconocida por propios y extraños durante más de cinco décadas siempre en la cima de la popularidad a base de su sencillez, calidad interpretativa y vastedad de éxitos.

Escenario donde se paraba, en México o fuera de él, agotaba los boletos. Era un imán de taquilla. El público coreaba una a una todas sus interpretaciones. No había fiesta o celebración donde no se disfrutaran las canciones de Chente, como cariñosamente le llamaba la gente. Lo vasto de su repertorio alcanzaba para todos los estados de ánimo. Y es que éxitos como La ley del monte; Volver, volver; De qué manera te olvido; Por tu maldito amor; Las llaves de mi alma; Urge; Mujeres divinas; Yo quiero ser; El Rey y Acá entre nos, por mencionar sólo algunas, se volvieron clásicos formidables.

A diferencia de ciertos bocones populistas, realmente Vicente Fernández ya no se pertenecía, era propiedad del pueblo que siempre lo sintió suyo. Igual que sucede con los verdaderos ídolos, tal como pasó, guardadas las debidas proporciones, con Pedro Infante y Mario Moreno “Cantinflas”, cuya fama, popularidad y talento perenne siguen admirados por las nuevas generaciones.

Más aún, Chente rompió con la maldición aquella que presupone el que los ídolos mueren jóvenes, como el propio Pedro Infante, Javier Solís o Jorge Negrete. Vicente Fernández extendió su existencia pasadas las ocho décadas. Y supo irse del “show bussines” dignamente, con un magno concierto en el Estadio Azteca, en abril del 2016, cuando tenía ya 76 años de edad. Hasta en eso fue certero.

Sólo se colapsó el cuerpo del Charro de Huentitán, su invaluable legado permanece para delicia de sus seguidores y conforme pasen los días cobrará mayor relevancia. Mientras tanto, el cariño de sus fans y del pueblo en general lo abrigan en estas horas en que abandonó este mundo -bastante virulento, injusto y autodestructivo- para ir a otra dimensión superior, donde seguramente estará mejor, donde no tendrá que preocuparse por el secuestro de uno de sus hijos, ni nada más.

Quienes nos quedamos en esta vida -una vida llena de violencia, sangre, odios, injusticias y pobreza- seguiremos disfrutando de la extensa obra musical del entrañable Chente Fernández. Algunos farsantes oportunistas de la perniciosa clase política no tardaron en montarse a la muerte del famoso jalisciense y lloriquear como Magdalenas para llevar agua a su molino. Verdaderos hipócritas.

El deseo de este columnista es que Vicente Fernández descanse en paz y su familia encuentre pronto paz en sus corazones. En tanto, escucharé en compañía de un par de tequilas reposados, o los que sean necesarios, según la teoría de mi amigo Arturo Rugerio, mis canciones favoritas del enorme “Sinatra de las rancheras” como lo calificó el diario The Houston Chronicle en la década de los 90.

Hasta pronto, admirado Chente. Gracias por tanta y tan buena música. Y si no dejamos de aplaudirte, no dejes de cantar, aunque sea en el mismísimo cielo.

@BTU15

*Foto en portada tomada de vicentefernandez.mx*