El hartazgo empresarial (o pedirle peras al olmo)

Sin distorsiones, en lo que es una demanda social generalizada, la cúpula empresarial exigió a los candidatos presidenciales —en presencia de Enrique Peña Nieto— “pasar de los agravios, las respuestas fáciles y superficiales, que sólo apelan al encono social y a la división…, a un debate serio, profundo y responsable sobre el país que estamos construyendo”.

El hartazgo del poderoso e influyente Consejo Coordinador Empresarial (CCE) se manifestó sin cortapisas este martes en el esplendoroso Colegio de las Vizcaínas de la Ciudad de México, durante su XXXV Asamblea Anual. Y es que a pesar del injustificado optimismo oficial que parece describir a un país maravilloso —muy diferente a lo que en realidad hoy es México—, industrias y comercios han sido los blancos preferidos por la delincuencia para asaltarlos, extorsionarlos y vandalizarlos.

Los costos de los industriales se han visto impactados por los robos de que son objetos durante el traslado de las materias primas o de los productos terminados. Por ello, han tenido que invertir en seguridad, lo cual, al término de los procesos producción-venta, incide en un mayor precio, que es pagado por el consumidor final. En palabras sencillas, los clientes absorbemos esas tropelías.

Todo el desastre en materia de seguridad que el gobierno —en sus tres niveles— ha sido incapaz de solucionar se refleja directamente todos los días en el precario estado de derecho que, sin excepción, padecemos los mexicanos. A este caos se suman diversos aspectos: sociales, económicos y políticos, cuya presión, en conjunto, ha formado un peligroso coctel de encono en el país.

A la infernal ola de violencia que azota enormes extensiones de la república mexicana —donde la delincuencia organizada, sin mucha dificultad, sentó sus reales y ha dejado miles de muertos— es necesario agregar las sinrazones de los partidos políticos y sus candidatos en el actual proceso electoral, quienes —faltos de inteligencia— se dedican de manera brutal a exacerbar la polarización y el odio, a recurrir al muy peligroso camino de la violencia verbal, que luego se torna en física.

Por supuesto que ningún mexicano cree en las mentiras de candidato alguno, menos de los partidos que los impulsan. No son de confiar… ¡Ninguno!, por más que intenten autonombrarse paladines de la democracia, venderse como impolutos, como redimidos, como los mesías anhelados, o que prometan el milagro de llevar a México hacia el desarrollo, bienestar y democracia plena en un dos por tres. El diabólico disfraz que se colocan con afanes electoreros es tan burdo como increíble.

Desde luego que es comprensible el enojo de los señores industriales. Escuchar a toda hora las sandeces de Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya y José Antonio Meade —incluso de sus respectivos e insoportables corifeos— resulta ofensivo como inútil. Esos políticos, que aspiran a gobernarnos, se decantaron por lo más “fácil”, por lo sucio, por lo que mediáticamente es más rentable: la diatriba, las filtraciones y el insulto recurrente, en contraparte a lo que deberían privilegiar: las propuestas serias, profundas, viables y el respeto a la inteligencia de los electores.

Tienen absoluta razón los empresarios agrupados en el CCE al exigir de los candidatos presidenciales profesionalismo, seriedad y compromiso inquebrantable con la nación; con los mexicanos que no tienen muchas opciones para elegir a un presidente que no resulte un petardo y al que se deba soportar el próximo sexenio. Hoy, la baraja de aspirantes a Los Pinos no es sino una pobre oferta de un trío de políticos voraces y demagogos que carecen de los méritos suficientes para sentarse dignamente en la silla presidencial. Sólo buscan el poder por el poder mismo.

Mientras que Meade, Anaya y López Obrador no se comporten a la altura de lo que precisa la sociedad mexicana y, en cambio, se concentren vulgarmente en la guerra sucia, en el embuste y las promesas falaces, su escaza credibilidad terminará por desaparecer y continuarán los reclamos, como los hechos por los industriales. Hasta que no estén al nivel de lo que demanda la población, esa terna de políticos, con comportamientos aldeanos, se asemeja a la de cualquier república bananera.

Nuestra nación enfrenta actualmente grandes y desafiantes retos que han socavado la estabilidad social. El primero, y quizá más apremiante, es el de la inseguridad. La administración del presidente Peña Nieto terminará con el dudoso honor de ser el gobierno en que hubo más violencia en los últimos tiempos. El de la pobreza no es asunto menor. En el país hay 53 millones de habitantes en esa avasallante condición. Millones de connacionales sobreviven en la economía informal, carentes de seguridad social. Tocar el tema de la corrupción gubernamental es adentrarse en un profundo terreno pantanoso que ha dejado enormes manchas de podredumbre en el gobierno federal.

Bien harían los tres principales candidatos que disputan la Presidencia de México —también Margarita Zavala— en cambiar radicalmente su actitud y estrategia electoral. No sabemos si acaso estamos pidiendo peras al olmo, pero en todo caso la nación ya no soporta mentiras, chanchullos, hurtos, escándalos, ni ineficacias. Mucho menos, políticos rijosos tercermundistas.

@BTU15

*Nota del Editor: Imagen: Captura de pantalla CCE*