El futbol en tiempos de pandemia

En los infaustos tiempos pandémicos, donde se calcula que ha fallecido más de medio millón de mexicanos a causa del Covid-19, la urgencia por volver a nuestras actividades acecha todos los días.

Hartos del encierro, del necesario cubrebocas, de lavarse las manos decenas de veces al día, asistir a divertirnos es inaplazable. Poco a poco el regreso a lo que nos provoca enorme placer se va dando.

Así, los estadios de futbol han recibido público de modo gradual con las obligadas medidas sanitarias. El balompié es, sin lugar a dudas, el deporte más popular sobre el planeta. En México es la actividad lúdica con más adeptos. La que apasiona, enloquece, hermana, entristece y que, además, es un gran negocio para los dueños de equipos, especialmente a los de mayor popularidad como Guadalajara, América, Pumas de la UNAM, Cruz Azul, y recientemente Tigres de la UANL.

Nada hay más perversamente delicioso que sentarse, por ejemplo, al mediodía en el bellísimo Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria en la capital de la República, para ver un partido mientras se disfruta obscenamente de un par de cervezas bien frías servidas en vaso desechable por el carismático, además de mucho arraigo entre la banda, don Toño. Y ya picados, entrarle a uno cueritos preparados con chile y limón. Aunque personalmente prefiero muchas palomitas con sal.

Son más de dos años que mi mujer -que bien entiende de fut- y yo, no asistimos al estadio, por ahora es en la tele. No es lo mismo pero lo veo por el lado amable, como diría uno de los personajes del genial Chespirito; hay repeticiones de las jugadas, lo que de modo presencial no existe, pues si se ataruga uno ya valió. Otra ventaja de mirarlo en casa es que se ahorra un dineral, vean ustedes.

De entrada, la gasolina del carro; en nuestro caso, el costo de usar el segundo piso para evitar el tráfico; pagar el estacionamiento en CU; los boletos en planta baja; al menos cuatro chelas cuyo precio rondan los 100 pesos cada una y mínimo una botanilla. Así que también eso me consuela, bueno, más bien a mi cartera. En casa, sólo me dejo caer una Pacífico bien muerta que cuesta 18 varoniles y cacahuates Mafer japoneses con limón. En total, unos 60 pesos. Toda una ganga.

Tuvimos la fortuna de ir con regularidad en la época en que Pumas se coronó por última vez. La pasión recorre todo el cuerpo. Cada gol es un latigazo indescriptible. Escuchar la voz y los cantos de la Rebel, la Ultra; de los aficionados puma que no pertenecen a una porra en especial –no uso el término barra, porque me choca la palabrita importada de Sudamérica- pero que asisten con la familia. Especial emoción me genera ver a los niños con sus playeras del equipo y gritar por su nombre a los jugadores, opinar sobre ésta o aquella jugada. Todo es un espectáculo maravilloso.

Algo que me llama mucho la atención es que al futbol asisten muchísimas mujeres. Las veo en parejas, solas o con el novio. Y vaya que conocen de lo que es el futbol. Critican, a favor o en contra, cuestionan las alineaciones, el parado táctico, que si la línea de 5, que la de 4, en fin, sí que saben.

Y no crean que la gente se guarda nada en el estadio. Igual aplauden, vitorean al equipo de casa, que lo abuchean, aprietan y exigen si no dejan el alma en la cancha. Y es el aficionado quien encumbra a los grandes jugadores como Enrique Borja, Hugo Sánchez, Cabinho, Luis García, Alberto García Aspe, Manuel Negrete, Leonardo Cuellar, Jorge Campos, Joaquín Beltrán y los Pikolines, entre otros.

Quien asegure que el futbol es sólo un deporte, se equivoca rotundamente. Es una de las maneras en que se expresa, siente y divierte una gran parte de la humanidad. Tiene un efecto social como pocos deportes. Por eso se entiende hoy el desencanto y enojo de los aficionados del América y Monterrey que, con inversiones millonarias andan arrastrando la cobija en el torneo actual.

Tan poderoso es el futbol en su influencia, que es capaz de paralizar al mundo cuando se juega un mundial, una Champions, un clásico, una final olímpica o simplemente el equipo de nuestros amores. Y, por supuesto, nada más catártico que cantar a todo pulmón el “Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer, si mi corazón azul es y mii piel dorada siempre te querré”.

@BTU15

*Nota del editor: foto en portada: cortesía GGO*