Una farsa llamada PRI

Hoy, la máxima expresión del gatopardismo en México, que no monopolio, es sin duda el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Luego de ser lanzado de Los Pinos por Vicente Fox y permanecer dos sexenios fuera de él, regresó con la utopía de que era un nuevo PRI. Nada más alejado de la realidad. El arcaico instituto político jamás mostró intención de cambio alguno. Por el contrario.

Durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, un político provinciano que, sin el apoyo absoluto de Televisa, probablemente jamás hubiera llegado a la Presidencia de la República, salieron a relucir los vicios del Revolucionario Institucional: corrupción, nepotismo, amiguismo, contratismo, sin faltar, por supuesto, el arraigado “dedazo”, pero también la perniciosa demagogia en cantidades abundantes, harta impunidad y, sobre todo, protección para los amigos, incondicionales y socios.

La revelación de una sociedad más crítica y participativa fue decisiva para sacar a puntapiés del poder nuevamente al partido fundado por Plutarco Elías Calles. La derrota en las elecciones federales del año pasado fue vergonzosa y, al mismo tiempo, una demostración plena de que la ciudadanía no estaba dispuesta a soportar más embustes, abusos y decisiones lesivas. 

Pero el PRI no quiere entender el mensaje del 1 de julio del 2018. Está aferrado a las trampas, al engaño y a la imposición. La renovación de su dirigencia evidencia una vez más que su militancia, la verdadera, es un cero a la izquierda cuando de tomar decisiones trascendentales se trata. El rápido y progresivo deterioro en las últimas décadas del instituto tricolor no es sino consecuencia de la ceguera de los últimos presidentes emanados de sus filas. Se agudizó en “la sana distancia” de Ernesto Zedillo y en la soberbia, frivolidad e incapacidad del propio Peña Nieto.

Un presidente no puede ignorar a su partido político como lo hizo Zedillo, o entrometerse y adueñarse sin pudor como lo llevó a cabo EPN, quien, por cierto, a la fecha se niega a soltar el control. Ambas posiciones, en extremo, resultan perniciosas. Lo peor es que todo esto sale a la luz pública y la sociedad continúa enterándose de las burdas maniobras de la nomenclatura para seguir apropiada de lo que aún queda del PRI, pues sus restos todavía le resultan sumamente atractivos.

En el complejo contexto político y social que se vive en México, la sobrevivencia del dinosaurio tricolor depende de un solo y decisivo factor externo: Andrés Manuel López Obrador. Reducido a una minoría caricaturesca en el Congreso, donde su influencia per se es prácticamente nula, el PRI y su nomenclatura están a merced de la voluntad del presidente de México. Con la sombra de la corrupción por el caso Odebrecht, que cubre no sólo al exdirector de Pémex, el prófugo Emilio Lozoya, sino al mismo Peña y a otros “destacados” colaboradores del mexiquense, a éste y sus allegados, no les queda sino buscar desesperadamente conservar la “propiedad” del ancestral partido para ofrecerlo en prenda al neomandatario a cambio de impunidad y ciertas prebendas.

 Así que resultan infantiles, por decirlo suavemente, las declaraciones de Claudia Ruiz Massieu, actual dirigente, cuando asegura que en el PRI “no hay línea”. Por supuesto, nadie cree esta mentira monumental. La “línea” está en el gen de la cúpula que controla al Revolucionario Institucional, así ha sido siempre. El presidente surgido del partido, su líder real en los hechos, quita y pone. De otra forma no es posible entender, por ejemplo, como Enrique Ochoa, un burócrata de medio pelo, fue transferido –jugosa liquidación de por medio- de la CFE a encabezar el CEN priista.

“No hay línea. Los sectores y organizaciones, los Comités Directivos Estatales y los consejeros del partido, son autónomos y libres para dar su respaldo a la fórmula de militantes que consideren que mejor identifica su visión del partido. Lo repito: no hay línea, son libres y autónomos de darle el respaldo a la fórmula de militantes que quieran y que deseen”, insistió Ruiz Massieu este viernes.

Pero la franca “cargada” del sábado último en favor de Alejandro Moreno, gobernador de Campeche con licencia, durante su registro en el edificio de Insurgentes, no deja la menor duda: es el candidato de los actuales dueños del PRI y todos los dados están cargados para que su imposición, como han acusado otros aspirantes, no tenga el menor inconveniente. Así que, al final, es exactamente la misma historia en el Partido Revolucionario Institucional, sólo que hoy es más burda, más descarada y más abyecta para entregarse a los brazos del todopoderoso presidente López Obrador. 

STATU QUO    

El uso tramposo que de los medios públicos está haciendo el gobierno morenista es absolutamente condenable. Ejemplo de ello es el “programa” que se transmite por Canal Once bajo el título “La maroma estelar”, conducido por un par de mediocres bufones: Hernán Gómez y Carlos Ballarta, el primero más que el último; tanto, que su “correligionario”, John M. Ackerman, lo describió con brillante precisión en un tuit el reciente 28 de mayo:

“Lo he dicho desde el primer día. El impresentable @HernanGomezB es un producto de @Televisa creado para infiltrar en la opinión pública como supuesto defensor de la #4T. Su verdadero propósito es dividir y debilitar al movimiento con "críticas" falaces y bajezas cobardes”.   

Pues tan deleznable sujeto presentará este domingo, en CanalOnce un “programa sobre el ITAM, uno de los centros de formación de cuadros tecnocráticos, neoliberales y neo porfiristas del país”. Ruin y cobarde, efectivamente. Tiene toda la razón el doctor Ackerman.

@BTU15

*Nota del editor: foto tomada de @alitomorenoc*