Cuando un amigo se va…

A la memoria del doctor Raúl Yáñez Ortiz

Con el permiso de los amables lectores, esta colaboración hoy no tiene contenido político alguno.

Muchas veces se ha dicho que los seres humanos contamos con la familia biológica y con los amigos que elegimos para que sean una segunda familia. Raúl Yáñez Ortiz, fue para mí y Leo –mi brother menor- uno de los hermanos con los cuales elegimos crecer en la etapa de la adolescencia. Teníamos unos 14 años cuando nos conocimos en Norte 16, allá por el rumbo de la Avenida Politécnico en Ciudad de México. Una cerrada donde después de la escuela jugábamos futbol durante horas.

En tiempos no escolares trabajamos en el pequeño taller de su padrastro donde se manufacturaban ganchos de madera y alambre para la ropa. Ahí convivimos con uno que otro gandalla, aunque también con otros chavos buenísima onda. Fue una época hermosa donde conocí –y aprendí- los albures, la música de The Beatles, de la Sonora Santanera; incluso presté mis servicios ocasionales de mensajero, una especie de celestino que, en bicicleta, llevaba recados a las novias de los mayores mediante una módica cuota. Creo fue el preludio de una especie de Uber Message, digo.

Muy común era que cuando llegaba la hora del desayuno, mi mamá nos sentaba a la mesa sin distingo alguno. Ahí estábamos Raúl, Leo, el Pipis y yo junto a mis padres, devorando –literal- la exquisita y enorme torta de huevo en salsa verde, frijoles refritos, bolillos y ollas de café o leche.

Todo un manjar los alimentos y en especial las charlas alrededor de ellos. Mi señora madre trataba a toda la “pandilla” de igual manera, siempre cálida, respetuosa y hasta bromista. Aunque a Raúl quizás le tenía un poquito más de consideración igual que yo. Quizás porque era más tranquilo.

Un disfrute excepcional fueron los años que jugamos futbol en la liga Vallejo con el equipo juvenil del Panamericana y las fiestas en nuestros primeros escarceos románticos. Una vastedad de emociones y aventuras sanas que forjaron la solidez en nuestra entrañable y fraterna amistad.

Conforme pasaron los años, la amistad, esos lazos fraternos que unen para siempre a los amigos de infancia y juventud, se fueron afirmando. Mientras, unos entraron a la secundaria, otros al CCH, unos a la carrera técnica. Luego llegó la ida a la Universidad. Leo a Contaduría, Ricardo a la Ibero y Raúl a Medicina en Ciudad Universitaria. Crecimos y el trabajo formal llegó a nuestras vidas.

No sólo las actividades remuneradas. Arribaron a nuestras vidas las mujeres que, para bien, se adueñaron de nuestros corazones. Raúl se hizo novio de Ángeles mientras cursaban la carrera en la Facultad. Posteriormente se casaron. Dos hijos les dejó la cigüeña. Hicieron carrera profesional en el IMSS. Dejamos de frecuentarnos como en años anteriores. El trabajo y la familia demandan tiempo. Aun así, nos hablábamos o él pasaba a saludar a mis papás; charlábamos bastante. Poco a poco se redujeron las visitas, era natural cada quien con sus actividades laborales y familiares.

Irremediablemente nos hicimos menos jóvenes –por no decir algo viejos-. Los temas en las esporádicas reuniones familiares que llegamos a tener ahora versaban acerca de los hijos, las esposas, las casas, el trabajo. Nada nuevo en el devenir de la vida. Cuando mi madre enfermó en diciembre de 1999, ahí estuvieron incondicionalmente Raúl y su mujer, atendiéndola medicamente los días que estuvo postrada hasta que falleció. Todos lloramos. Raúl no fue excepción, recuerdo haberlo visto secándose las lágrimas al pie de la cama donde mamá dejó este mundo.

Hacía unos tres años que no tenía noticias de él. La última vez que llamó fue para comentarme que estaba viendo el tema de su jubilación en el Instituto y preguntar si yo conocía alguien que pudiera orientarlo al respecto. Lo invité en esa ocasión a la casa. No pudo concretarse. Luego llegó el virus y cada quien en sus preocupaciones, en la lucha por protegerse, por sobrevivir.

Este miércoles me enteré, por Leo, que Raúl falleció hace tres meses a consecuencia de covid. Se fue en plenitud, cuando aún quedaba un buen trecho por recorrer. La noticia me entristeció. Alguna lágrima quedó en mi mejilla. Se adelantó y deseo de todo corazón que esté en un lugar mejor, mejor que este mundo, éste que parece cobrar facturas pendientes porque lo hemos llenado de odio, violencia, desamor y mucha injusticia. Duele tu partida querido Raúl, algún día nos encontraremos.

@BTU15

*Nota del editor: foto en portada: BTU.