Cuando el amor y la amistad aniquilan a lo tóxico

En sentido estricto, hoy esta columna no debiera llamarse Andares Políticos, sino Andares, a secas, y es que con el permiso de los amables lectores, en el Día del Amor y la Amistad, considero un despropósito mayúsculo y una vulgaridad extrema escribir acerca de cuestiones políticas, corruptelas, de violencia, de Secretarios que aún deben materias en la UNAM, de diseñadoras de modas que son impuestas en el Conacyt, o de los pleitos en el gabinete Montessori. No, para nada es necesario.

Utilizaré como pretexto este día –pleno de frivolidad, flores, chocolates, ositos de peluche, invitaciones a comer, cenar, y a otros lugares que hoy se saturan- para comentarles que hace poco mi mujer y yo celebramos otro aniversario de estar juntos. Más allá de besarnos tomados de la mano –qué fresas- en la escalera de la casa, como lo hacíamos cuando ella me andaba llegando –es broma, yo soy el aferrado-, la señora de la casa trabajó en el noticiario de radio y yo atendí el portal de Los Editores. Por la tarde comimos en casa y disfrutamos de una larga charla, como siempre.

La incertidumbre que priva en el país, cortesía de ya saben quién, -y de los gobiernos que le precedieron- obliga a ser aún más cauto en el manejo de los recursos monetarios –de por sí, no muy abundantes-, así que el sábado pasado asistimos al concierto de Manuel Mijares y Emmanuel en el Auditorio Nacional. La cita era a las 8 de la noche. Llegamos media hora antes. Cuando los cantantes aparecieron en el escenario, mi fiel Eco Drive, comprado a crédito en el primer Buen Fin, marcaba las 8:15. El recinto estaba a reventar y las expectativas alcanzaban ya el nivel máximo.

Además de disfrutar el espectáculo –nos gustan las canciones de ambos cantantes-, me llamó poderosamente la atención que este tipo de shows se convierte en una catarsis que representa, al mismo tiempo, una innegable válvula de escape por todo lo que actualmente sucede en México.

Gente aplaudiendo y coreando cada una de los temas musicales; bailando sin inhibiciones cada nota rítmica, iluminando con la luz de los celulares el ambiente. Mexicanos exultantes de poder disfrutar en libertad, sin limitaciones, un espectáculo en el llamado Monstruo de Reforma, con capacidad para 10 mil espectadores. Ese es el México que disfrutamos, de forma sana y cordial, que hace olvidar al otro México, al bárbaro, al violento, al cruento, a la nación bananera en que, por diferentes motivos y personajes oscuros, muchas ocasiones acechan la grandeza de esta querida República.

Que si doña Olga Sánchez Cordero y don Javier Jiménez Espriú, dejaron más dudas que certezas con sus declaraciones patrimoniales, que si la Guardia Nacional va, a pesar del gran rechazo que hay en la sociedad para crearla, que el Nuevo Aeropuerto en Texcoco se canceló a pesar de los miles de millones de pesos que se perderán por un capricho en Palacio Nacional, y de que en la Suprema Corte está en marcha una imposición más con tres candidatas afines y cercanas al Ejecutivo, todo esto queda en simple nimiedad cuando podemos desgañitarnos al cantar El Breve Espacio, Al Final, Bella Señora, No se murió el amor, y Es mi Mujer. Sí, ahí se aniquila a la política, pues vence el amor.

Muy conocido es el hecho de que los mexicanos somos una raza excepcionalmente aguantadora. No hay la menor duda, está confirmadísimo. Así soportamos por más de siete décadas al pernicioso PRI en el poder, a la decepcionante docena trágica del panismo y, hoy, con estoicismo a prueba de todo, iniciamos un sexenio donde el nuevo gobierno parece estar dispuesto a “corregir” completamente  lo hecho por sus antecesores, aunque en algunos casos, no lo amerite. En este ambiente de ofensas, evasivas, culpar a otros de los yerros propios, de acciones testarudas, es imperioso tomarse momentos de paz, armonía y tranquilidad a través de las cosas sencillas.   

Y resulta muy grato prescindir de la obligación profesional de chutarse noticieros, de estar pendiente de los portales informativos, de las alertas en el celular. Poder hacerlo sin remordimientos, produce enorme placer. Es como un bálsamo para las heridas que inconscientemente se van produciendo al interior de quienes procesamos información que, desde hace años, es mayoritariamente tóxica. Son agresiones de toda índole a las personas y sus bienes.

Quizás tener la posibilidad de abandonar la pesadilla cotidiana, de la violencia infernal, de los embustes cotidianos de la fatídica clase política, del bombardeo insulso de los medios de comunicación, al final representa un oasis inconmensurable, algo así como reencontrarse con la esencia de la vida, y el sábado último lo confirmé cuando mi mujer y yo salimos del Auditorio, tomados de la mano, felices, rumbo a la estación del Metro para volver a casa.

@BTU15

*Foto: BTU*