CNDH, ¿otra vez, al “diablo las Instituciones”?

En la página 24 del libro Cómo mueren las democracias, de los profesores de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, hay un párrafo que llama poderosamente la atención:

“A partir del trabajo de Linz, hemos concebido un conjunto de cuatro señales de advertencia conductuales que pueden ayudarnos a identificar a una persona autoritaria cuando la tenemos delante. Deberíamos preocuparnos en serio cuando un político: 1) rechaza, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego, 2) niega la legitimidad de sus oponentes 3) tolera o alienta la violencia o 4) indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación”.

La afirmación de los autores cobra relevancia por el contexto peculiar en el que hoy vivimos los mexicanos. Al cumplirse el primer aniversario de la victoria electoral de Andrés Manuel López Obrador, resulta inevitable una mirada al comportamiento del presidente morenista.

Uno de los señalamientos hacia el Ejecutivo, es su perenne obstinación. Pretender la razón en todo, es lo que más críticas le ha ocasionado. Tal empecinamiento lo ha llevado a choques frontales con un sector de la prensa, aquella que juzga diferente las decisiones gubernamentales. También con organismos autónomos que se atreven a enjuiciar, directa e indirectamente, su labor presidencial, como recientemente sucedió con la CNDH, pero que, de igual forma, aconteció con el INE.

No obstante que muchos de sus detractores insisten en que López Obrador “es un peligro para México” y lo comparan una y otra vez con los nefastos dictadores venezolanos Hugo Chávez y Nicolás Maduro, la realidad, hasta ahora, nos muestra que eso es una exageración. Sin embargo, no se puede descartar, hay indicios de que irremediablemente eso podría suceder si las instituciones son bombardeadas de manera recurrente desde el escenario mañanero en Palacio Nacional.  

El autoritarismo no beneficia a nadie, ni a quien lo ejerce ni a quien lo padece; incluso, a quienes, pudiendo impedirlo, ignominiosamente callan y se vuelven cómplices  La historia da lecciones contundentes de cómo los autócratas, tarde o temprano, terminan por claudicar ante sus tiranías pero primordialmente por el hartazgo de los pueblos. Chile, Argentina, España e Italia, son, a manera de ejemplo, algunas de las Naciones que, liberadas de políticos demagogos y tiranos tuvieron durante amplios periodos, un mejor desarrollo en todos los aspectos. No hay tiranía progresista.

Salvo la condenable represión ordenada por el infausto Gustavo Díaz Ordaz en 1968, donde murieron miles de estudiantes, y otros vergonzosos capítulos de barbarie gubernamental en la época moderna, México se mantuvo en relativa calma intentando fortalecer su endeble democracia. Hubo avances en la materia y nuevas instituciones fueron creadas para tal propósito. El IFE apareció y cedió su sitio, años después, al INE. Con todo y las injustificables prerrogativas que la alta burocracia del Instituto se procuró, negar el aporte de éste al avance democrático, es una mezquindad.

Al Estado la sostienen sus instituciones, a éstas los ciudadanos. Y si las primeras son erosionadas desde el poder, irremediablemente la sociedad es socavada en sus libertades. De por sí, en nuestro país la gente confía poco en las Instituciones, y si de manera recurrente se les ofende y desacredita, la desconfianza tiende a incrementarse de modo alarmante. Así que, aquello de “al diablo las instituciones” es lo peor que puede decir y practicar un político, máxime, cuando le sale desde lo más profundo de su esencia. Por eso es reprobable, además de peligroso, descalificar a los organismos autónomos que no entran en el juego de la sumisión o del no veo ni oigo los excesos del oficialismo.

Cuestionado el pasado viernes por la prensa en la conferencia mañanera, el presidente de México soltó un misil directo a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos:

Pregunta de un reportero: - El pasado miércoles la Secretaría del Bienestar rechaza una recomendación. Usted dijo aquí, en este mismo salón el 10 de diciembre, que iba a aceptar todas las recomendaciones de la comisión y se iban a cumplir. ¿Por qué ese rechazo, presidente?

Respuesta del presidente: - Era inaceptable, inaceptable y es hasta una vergüenza que la Comisión Nacional de Derechos Humanos haya emitido esa recomendación.

De ese tamaño es el desdén y ofensiva contra las instituciones que resultan incordias al presidente de la República, lo cual, en los hechos, es una bomba de tiempo en épocas tan complicadas y coloca en riesgo inminente a los puntales democráticos de una nación subdesarrollada como la nuestra.

“Muchas medidas gubernamentales que subvierten la democracia son <legales>, en el sentido de que las aprueban bien la asamblea legislativa o bien los tribunales. Es posible que incluso se vendan a la población como medidas para <mejorar>  la democracia: para reforzar la eficacia del poder judicial, combatir la corrupción, o incluso sanear el proceso electoral. Se sigue publicando prensa, sí bien ésta está sobornada y al servicio del poder, o bien tan sometida a presión que practica la autocensura. Los ciudadanos continúan criticando al Gobierno, pero a menudo se encuentran lidiando con impuestos u otros problemas legales. Y todo ello siembra la confusión pública. La población no cae inmediatamente en la cuenta de lo que está sucediendo”, señalan Levitsky y Ziblatt en su obra. 

Ir injustificadamente en contra de las Instituciones del Estado es pésima idea. Es una especie de suicidio gubernamental y social. Las perniciosas vendettas políticas no deben afectar a la población.  

@BTU15

*Nota del editor: Foto: lopezobrador.org.mx*