Ciudad de México: el miedo patológico a aplicar la ley

La Ciudad de México, el corazón político, económico y cultural de la República, está padeciendo una serie de embates muy peligrosos. En las últimas semanas el Estado de derecho ha sido violentado una y otra vez por una horda de rufianes encapuchados dedicados a destruir propiedad privada, monumentos y bienes públicos, además de provocar terror en la población.

El sentido común indica que los granujas que vandalizan cuanto quieren y que se autodenominan “anarquistas”, no se reúnen espontáneamente para planear sus fechorías; hay una o varias mentes que planean, ordenan y financian los actos de barbarie que de hecho constituyen acciones equiparables al terrorismo, y esto es precisamente lo que buscan: generar caos y terror.

Hasta hoy se desconoce quién o quiénes están interesados en sembrar el caos en las marchas que se realizan en la capital mexicana. El por qué, tampoco es del dominio público, si las autoridades lo saben, lo guardan en un sospechoso sigilo. El  exjefe de la Policía, Jesús Orta Martínez, declaró, días antes de que “renunciara”, que ya tenían identificados a varios de los vándalos que participaron en los episodios violentos durante la marcha del 26 de septiembre pasado.

Si el gobierno de la metrópoli dice conocer las identidades de algunos de esos delincuentes, es de extrañar que aún no actúen en su contra. ¿En dónde se genera la inacción de Claudia Sheinbaum y su equipo para poner orden y hacer efectiva la aplicación de la ley? Hay muchas conjeturas al respecto. Se menciona desde falta de capacidad, evitar los costos políticos, cumplir las órdenes presidenciales de no reprimir y el interés de ciertos grupos políticos por dinamitarla de la jefatura de Gobierno, una envidiable posición política privilegiada en todos los aspectos.

A Sheinbaum Pardo le ha tocado literalmente bailar con la más fea en materia de seguridad, la principal exigencia de una sociedad chilanga harta de asaltos, extorsiones, crímenes y cuanto delito imaginable. La violencia está desbordada en la Ciudad de México, es evidente. Los resultados de la actual administración morenista permanecen muy por debajo de lo que espera de ella.

Pero la grave inseguridad que asola a los capitalinos no es la única demanda impostergable. Las pésimas condiciones del transporte público rayan en lo deplorable. Un Sistema de Transporte Colectivo Metro, insuficiente, obsoleto, inseguro, y atestado de vendedores ambulantes, se convirtió desde hace tiempo en una auténtica pesadilla para los usuarios.

Y las calles de la Ciudad son otra penuria para automovilistas y peatones. Las pésimas condiciones del asfalto son indignantes; los baches, obras sin concluir, restos de tierra o escombro a medio arroyo, incluso banquetas sumamente deterioradas y obstruidas por el comercio informal, conforman el escenario cotidiano de una urbe gigantesca con padecimientos mortales.

Desde la óptica del ciudadano de a pie, la jefa de Gobierno no ha hecho lo suficiente en los temas fundamentales de la ciudad,  y esto pareciera confirmarse, a manera de ejemplo, con la salida del jefe de la Policía a tan sólo nueve meses de permanecer en el cargo, lo que significa, en los hechos, reconocer el fracaso en la estrategia de seguridad, lo cual puede comprobarse con los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, mismos que colocan a la ciudad capital en segundo lugar de la incidencia delictiva en el periodo enero-agosto 2019, con 164,283 delitos registrados; es decir, 684 diarios, unos 28 cada hora. Cifras devastadoras.

Una sociedad no puede estar sujeta a infantiles y comodinos pretextos gubernamentales para no aplicar la ley. Las absurdas cantaletas de no “vamos a reprimir”, “no vamos a caer en provocaciones”, no viene al caso porque ningún habitante quiere regresar a las épocas de gobiernos autoritarios y represores. Lo que se exige es una actuación responsable como corresponde a quien tiene la obligación ineludible de hacer valer el Estado de derecho desde la posición para la cual fue electa. Los discursos populistas nada resuelven, se precisa de resultados positivos para garantizar la convivencia armónica en una sociedad dañada seriamente por los criminales, sí, pero también por la incapacidad, complacencia, e intereses mezquinos de funcionarios demagogos y embusteros.

Es inaceptable que grupos, con o sin justificación, afecten a miles, si no es que en ocasiones a millones de capitalinos, ante el comportamiento pusilánime y sospechoso de las autoridades encabezadas por Claudia Sheinbaum que se resisten a la  aplicación de la ley para evitar el caos, tal como ha sucedido con los bloqueos de policías federales en los accesos al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Tolerar este tipo de desmanes es absolutamente condenable y no tiene excusa.

Por lo pronto, y para seguir con la anarquía, miles de taxistas van a parar de cabeza este lunes a la capital de país, con una manifestación en contra de las empresas extranjeras que mediante plataformas digitales (Uber, DiDi, Cabifay, etcétera) aseguran, les hacen competencia desleal. El Movimiento Nacional Taxista culpa a Claudia Sheinbaum de ignorar sus peticiones.

El hartazgo ciudadano va directamente a las alforjas políticas de la jefa de Gobierno y en algún momento aparecerá la factura correspondiente, a pesar de los espaldarazos en Palacio Nacional.   

@BTU15

*Nota del editor: Foto en portada; BTU*