Bancarrota no; sí, muchas crisis

México no es una economía en jauja, tampoco se distingue por contar con arcas públicas boyantes. Lo que es claro e incontrovertible son sus vastas carencias. Sencillamente es un país tercermundista, aunque el calificativo desagrade a muchos tecnócratas y funcionarios de la alta esfera. De otra manera, es imposible explicar los 53 millones de pobres, la peligrosa dependencia tecnológica y comercial que se tiene de estados desarrollados, una deuda gubernamental que se ubica en el umbral del 50% respecto al PIB y los millones de trabajadores en el sector informal.

Como se ve, el entorno en cuanto al dinero nacional no es precisamente el más óptimo a pesar de las reservas internacionales por 173 mil millones de dólares acumuladas hasta el 14 de septiembre pasado. Sin embargo, aun en un marco evidentemente riesgoso, exacerbado por la inestabilidad mundial, México no está en bancarrota. Lo estuvo al final del sexenio de Carlos Salinas de Gortari y al inicio de la administración de Ernesto Zedillo, basta recordar “el error de diciembre”.

Y hoy no lo está porque las condiciones macroeconómicas son diferentes a las que imperaban, por ejemplo, en aquellas complicadas épocas económicas –y sociales- de los mandatarios priistas López Portillo y de la Madrid. A pesar que se contaba con una industria petrolera pujante, a diferencia de la actualidad. No obstante, la alta  inflación fue un pernicioso “impuesto” para la población.

Ahora bien, asegurar que las finanzas públicas están en bancarrota, no sólo es un despropósito, sino que exhibe, al menos, enorme desinformación. Dentro de la infinidad de innegables necesidades y limitaciones que se reflejan en las condiciones de vida de los mexicanos, hay aspectos que pueden considerarse positivos y que atenúan la pauperización: México se ubicó el año pasado en el sexto lugar mundial como destino turístico debido a la cantidad de visitantes; por esta actividad ingresaron 21 mil 300 millones de dólares, lo que coloca a este rubro como el tercer generador de divisas, sólo detrás de la industria automotriz y de las remesas enviadas por los connacionales.

Las remesas merecen atención especial. No es únicamente una importante válvula de escape social que otorga margen de maniobra al gobierno mexicano. Es la segunda fuente de ingresos que diariamente apuntala de manera sólida a la tesorería oficial. Tan sólo el año anterior las remesas  volvieron a implantar record al totalizar 28 mil 771 millones de dólares. La cifra aumenta año con año, a pesar de las penurias de nuestros paisanos con Donald Trump.

Desde luego no es para presumir que millones de mexicanos emigren obligadamente a los Estados Unidos por la falta de oportunidades en su tierra, esto es condenable y una vergüenza para el Estado. Pero dentro de la ineficacia y valemadrismo estatal, la práctica, paradójicamente, se ha convertido en un activo relevante a la hora de elaborar los presupuestos públicos.

Para nadie es un secreto que el crecimiento del PIB es exiguo e insuficiente. Con tasa promedio cercana al 2% anual en los últimos años, no se puede aspirar a contar con recursos suficientes para satisfacer el cúmulo de requerimientos sociales. Máxime cuando el aparato gubernamental gasta más de lo que produce y privilegia sostener a una perezosa, improductiva y corrupta oligarquía política así como a la obesa e inútil burocracia. En esa lógica de dispendio y nulidad no hay dinero que alcance, mayormente si la recaudación fiscal es endeble y focalizada en los mismos de siempre.

Si bien, reiteramos, México enfrenta retos gigantescos en lo económico, social y político, está muy distante de que se le catalogue en bancarrota. Las calificadoras internacionales ya lo hubieran detectado con mucha anticipación y ajustado a la baja el grado de inversión país. Las empresas extranjeras se habrían marchado de la República y, aunque salieron capitales durante el proceso electoral, prácticamente las cosas volvieron a la normalidad en ese tema.

No, México no está en bancarrota, pero sí enfrenta –y lo hará-  un panorama nada terso en los años por venir. Las pensiones son un dolor de cabeza y puede complicarse aún más si no se le da la importancia que requiere; la pobreza debe dejar de atenderse con programas asistenciales y electoreros so pena de que algún día esa bomba explote; el desempleo es consecuencia de las pifias gubernamentales en los proyectos de nación; los puestos de trabajo, en su mayoría, son remunerados con salarios de hambre. La violencia, uf, ni se diga: es un infierno que ha provocado miles de muertos y desaparecidos. La abrumadora corrupción oficial debe ser erradicada; el podrido sistema de justicia tendría que ser saneado en su totalidad y replanteado. Sí, hay muchos puntos críticos, es obvio.

Bancarrota es un concepto extremo para definir la actualidad económica mexicana, en ello coincidimos con los empresarios, los expertos financieros, economistas, banqueros, la Secretaría de Hacienda y el Banco de México, entre algunos actores de la sociedad que se inconformaron por las afirmaciones del presidente electo y que este martes ratificó. Nos permitimos en este espacio diferir sustancialmente con el próximo mandatario: México no está en bancarrota, pero sí en crisis en muchas asignaturas, las subrayamos: pobreza, justicia, educación, trabajo, seguridad y desigualdad.

Sobra curarse en salud, las promesas quedaron atrás; ya se terminaron las campañas tan propicias para ofrecer lo que sea a sabiendas que no se cumplirá. Es hora del trabajo en serio y dejar de lado las excusas; la sociedad requiere con urgencia resultados y no más de lo mismo.

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: BTU*