¿Apariencias democráticas en México?

Los autócratas electos mantienen una apariencia de democracia,
a la que van destripando hasta despojarla de contenido.

Daniel Ziblatt y Steven Levitsky
Cómo mueren las democracias

Andrés Manuel López Obrador siempre está en la controversia, ahí es donde se mueve como pez en el agua. Sabe sacar provecho de ello como ningún otro político en México. Aún en los señalamientos más severos de sus detractores o malquerientes ha sabido salir sin grandes daños. Lo vimos cuando en 2005, siendo jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, la Cámara de Diputados aprobó desaforarlo por el caso del predio conocido como El Encino. El cargo era, abuso de autoridad.

El desafuero del tabasqueño no sólo le hizo lo que el aire a Juárez –por cierto, uno de sus ejemplos democráticos-, sino que catapultó su popularidad. Y esa popularidad fue in crescendo hasta convertirlo en presidente de la República. La polémica, pues, siempre está en el equipaje de AMLO.

Recientemente han sido dos los actos que provocaron la reacción de un amplio sector de la sociedad: el memorándum para detener la aplicación de la “mal llamada reforma educativa”, que le acarreó una tunda en las “benditas redes sociales”; y su mensaje posteado el viernes santo: “Pero qué bello es parafrasearlo: bienaventurados los pobres, los humildes, los que lloran, los que padecen de persecución, los que tienen hambre y sed de justicia, y los de buen corazón”.

Nadie debe llamarse sorprendido, ni los que sufragaron por López Obrador, ni aquellos que no lo apoyaron. Y precisamos, ni cinco meses del gobierno obradorista han transcurrido. Si alguien se queja del deterioro que estamos padeciendo a causa de la nueva presidencia, vale la pena recordar la afirmación lapidaria de los profesores de Harvard, Daniel Ziblatt y Steven Levitsky, en su libro Cómo mueren las democracias: “En la actualidad, el retroceso democrático empieza en las urnas”.

Y la mayoría de los mexicanos que votaron el 1 de julio de 2018, así lo decidieron. En todo caso, esos 30 millones de connacionales que lo hicieron, abrieron la puerta a lo que hoy sucede en México.

Se conocía el carácter autoritario de López Obrador. Hubo muchas muestras de ello. Varias muy conocidas. “Al diablo las instituciones”, parece ser la joya; pero no menos preocupantes aquella contra la figura presidencial: “cállate chachalaca” o la contundente: “el movimiento soy yo”. El hoy presidente de México nunca ocultó sus tendencias autoritarias. Entonces, ¿dónde está la sorpresa?

Denostar a sus críticos, es un comportamiento recurrente del máximo líder morenista. Así fue en su paso como militante del PRI y del PRD. Tal conducta sólo tiene una explicación: su enorme aversión a que lo critiquen y señalen errores. Esto lo saca de sus casillas. Cuando estaba al frente del gobierno capitalino y millones de ciudadanos salieron en una megamarcha para protestar por la inseguridad y los aumentos de secuestros en la metrópoli. La respuesta fue que se trataba de “pirrurris”.

Prensa y comunicadores que osan diferir del presidente, han recibido de regreso, a través de lo que el mandatario llama su “derecho de réplica”, una amplia variedad de calificativos, acusaciones –sin pruebas- , escarnio y mofas. Clara intimidación desde la plataforma del poder, en una relación a todas luces asimétrica. En este entorno tóxico, ciertos dueños de medios de comunicación no dudaron en plegarse al nuevo régimen y han despedido a columnistas críticos o han bajado el tono a sus editoriales, incurriendo en una deplorable autocensura; incluso, en alguna empresa periodística, han ordenado “no tocar al presidente”. El contrapeso, se va debilitando velozmente.  

López Obrador no ganó abrumadoramente la Presidencia de la República exclusivamente por su carisma y sus dotes de orador, por su innegable capacidad para comunicarse con los sectores más desprotegidos y para vender exitosamente las más utópicas promesas. Triunfó también, en buena medida, por los gravísimos pecados de los arrogantes y corruptos partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional. La ciudadanía se hartó de un PRI que regresó al poder con la voracidad recargada para saquear los recursos públicos a través de la “nueva clase política”.

Cierto, el desencanto social y la podredumbre de los partidos políticos, permitieron el arribo de Andrés Manuel López Obrador a Palacio Nacional. Hoy, esos institutos devenidos en auténticos parásitos y sedes de corruptelas, maquinaciones diabólicas, y amos del deleznable “dedazo”, no pueden rasgarse las vestiduras protestando, desde una minoría caricaturesca, las imposiciones presidenciales. Durante años gestaron la ira popular hasta que explotó y se les revirtió.

México, es evidente, atraviesa una etapa muy turbulenta y peligrosa.  El aroma de la autocracia en el país es sumamente fuerte, todos lo percibimos puntualmente muy de mañana de lunes a viernes. Pareciera, por lo pronto, que todos los diques para detenerlo se derrumban lenta pero inexorablemente. Es tarea de todos los mexicanos, sin excepción, defender a las instituciones y la libertad de expresión, porque, actualmente, en un escenario de oropel, las apariencias democráticas están socavando a esta gran nación.

STATU QUO

El hartazgo social por la violencia está al límite; la masacre en Minatitlán, Veracruz, donde un comando asesinó a 13 personas, entre ellas, mujeres y niños, generó gran indignación entre la ciudadanía. Lo grotesco de las declaraciones del gobernador de la entidad, Cuitláhuac García Jiménez, repartiendo culpas, exacerbó la ira de los veracruzanos en contra del mandatario local, quien ha resultado un auténtico petardo al frente de Ejecutivo estatal. Por cierto, el presidente López Obrador, tampoco colaboró a calmar las aguas. Las justificaciones, ya nadie las cree, y la polarización continuó en las redes con los hashtags #AMLORENUNCIA vs. #AmloElPuebloTeApoya  

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: lópezobrador.org.mx*