AMLO: un año de claroscuros

Desde la noche del 1 de julio, tras la conclusión de la jornada electoral en el 2018, Andrés Manuel López Obrador se convirtió en el presidente real de México. Enrique Peña Nieto, envuelto por la ignominia de la corrupción que distinguió a su administración, dejó de serlo varios meses antes.

Bajo esa perspectiva, es posible asegurar que López Obrador ha gobernado durante un año. El próximo lunes se cumple el primer aniversario de la memorable y arrolladora victoria del tabasqueño, mediante la cual, de paso, lanzó al PRI de la Presidencia. El festejo será en la CDMX.

Gobernar no ha sido sencillo para el morenista a pesar de que él afirme lo contrario. La controversia ha sido una peculiaridad de la forma en que está dirigiendo el destino de millones de mexicanos. Decisiones que han provocado inconformidad en amplios sectores de la sociedad no han estado ausentes. Los enfrentamientos con empresarios, ciertos intelectuales y críticos a su gestión son una constante. En particular, la insistente “guerra” con varios medios de comunicación y columnistas.

Más allá de las filias y fobias que genera el jefe del Ejecutivo, es innegable que impuso un estilo muy sui géneris para ejercer el gobierno. Todo lo concentra él. Decide todo y en todo. La razón le asiste siempre. Los demás están equivocados, incluso sus colaboradores. La mafia del poder se la pasa urdiendo complots en su contra; en su vasta sagacidad, posee otros datos siempre que se requieren.

No obstante, la gente lo quiere, ese sector de la población que lo colocó de manera contundente en el poder, a pesar de cierto desencanto, por promesas incumplidas –el gasolinazo, aumento de la violencia, menos puestos de trabajo, economía en declive y sumisión a Donald Trump, entre algunas-, lo sigue apoyando muy fuerte. Esos mexicanos se arremolinan para tomarse selfies con AMLO, para acariciarlo, pedirle ayuda; algunos llegan a la veneración. Ese es el nivel de popularidad.

Pero la “adoración” de sus seguidores –los 30 millones que votaron por él- es sólo en el país. Al exterior el panorama cambia radicalmente. López Obrador es visto con recelo en no pocas naciones por sus polémicas resoluciones que afectan a inversionistas extranjeros. La desconfianza inició cuando obcecadamente determinó la cancelación del aeropuerto en Texcoco. En el afán de cumplir su promesa de campaña, se disparó en el pie; esto costó millones de pesos a la ciudadanía.

Hay otras decisiones que impactaron negativamente en los inversionistas y casas calificadoras. La absurda idea de construir el aeropuerto en la base aérea de Santa Lucía, a pesar de estudios y advertencias de especialistas que señalan la inviabilidad y peligrosidad del proyecto. Otro plan que ha sido severamente cuestionado es el de la refinería en Dos Bocas, Tabasco; uno más, es el Tren Maya. Ideas que, en lugar de aportar al capital de AMLO, le causan enorme desgaste, amén de las bajas en las calificaciones al país, Pemex y la CFE. Todo lo anterior se refleja ya en la disminución del PIB para el año en curso y en la ralentización de la economía que muestra los primeros estragos.

Si al presidente se le aplaude –merecidamente- por su austeridad y lucha contra la corrupción, también se le enjuicia por su obstinación y rechazo patológico a la crítica. Por descalificar a priori  a quien discrepa de sus determinaciones, por el despido indiscriminado y brutal de miles de burócratas, por el aumento exponencial de la violencia e inseguridad que avasalla a la población. Pero al mismo tiempo, por imponer en puestos clave de su gobierno a amigos e incondicionales que, en muchos casos, carecen de la preparación y experiencia para desempeña esos cargos.

Sí, el presidente López Obrador se mueve entre claroscuros; entre el aplauso y cariño de sus bases sociales alimentadas con beneficios de programas electoreros y la polémica constante por yerros que afectan a otro amplio segmento social. Así es y ha sido Andrés Manuel López Obrador, una especie de ave de las tempestades al que algunos idolatran, en tanto que otros lo detestan.

Una condición ineludible del acto de gobernar, es la inevitable erosión que esto conlleva. Tomar decisiones siempre tiene consecuencias. Cierto, es imposible quedar bien con todos los gobernados. Pero escuchar con objetividad dejando de lado la soberbia, ayuda mucho. México es una nación con tal cantidad de recursos como ninguna otra. En ella no deberían existir 53 millones de pobres, enormes índices de analfabetismo ni un sistema público de educación mediocre e insuficiente, menos, el corrupto e ineficiente sistema judicial que padece el pueblo bueno.

Resulta imposible refutar al señor presidente la acusación de que los anteriores gobiernos dejaron una estela de perversidades, saqueos, atrocidades, corruptelas y vicios imposibles de subsanar de la noche a la mañana. Pero transcurridos siete meses de gobierno formal y un año del “real”, los resultados no se pueden “obsequiar” a los antecesores. La gente exige soluciones, no justificaciones.

Finalmente, el presidente López Obrador carga una pesada losa puesta sobre sus hombros por Donald Trump. La orden “gringa” de contener a como dé lugar los flujos migratorios provenientes de Centroamérica y otras regiones ha puesto a México en la mirada mundial. Los malos tratos, vejaciones y violencia en contra de los migrantes han sido condenados por prácticamente toda la comunidad internacional. Esto, es inhumano, nada cristiano y sumamente vergonzoso.

Por lo pronto, en un marco de polarización social, y sin grandes logros, el presidente se dispone a celebrar su aplastante triunfo del pasado julio en las urnas; lo hará con un “bailongo” en el zócalo de la capital de la República. Amenizará, Margarita La Diosa de la Cumbia. Así que, claroscuros o no, odios o querencias, chairos o fifís, a sacarle brillo al piso en el corazón del país.

@BTU15  

*Nota del editor: foto: lopezobrador.org.mx*