El aeropuerto “bananero” de la CDMX

Que se continué o no con la construcción del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México (NAIM), es una decisión que se le complicó al presidente electo. Resolver al respecto no es tan sencillo como imaginó Andrés Manuel López Obrador. Hay demasiados y poderosos intereses en el megaproyecto. Por lo pronto, ya sabe que cancelarlo costaría nada menos que 100 mil millones de pesos. Aunado a esto, firmas especializadas en seguridad aeronáutica han advertido de la inviabilidad y peligro de usar el aeropuerto militar de Santa Lucía para fines de aviación comercial como lo propone.

Endilgarle al “pueblo” la determinación de continuar o frenar la obra no ha sido bien visto por ciertos sectores de la población. Es interpretado como rehuir al compromiso ofrecido en campaña. Disfrazar como una consulta lo que es responsabilidad del tabasqueño representa “darle la vuelta” a un tema de lo más serio e importante para el país. Desde luego que nadie está en contra de que el trascendental desarrollo sea auditado y sujeto a las más estrictas revisiones y controles para transparentar la edificación. Es inaceptable que también en ella exista corrupción y “contratismo”.

La pretendida consulta no es sino un acto demagógico, pues, ¿qué entiende un barrendero, una ama de casa, un burócrata, el taxista, el obrero, la empleada doméstica, el policía, un corredor de bolsa, un mesero, el valet parking, la cajera del súper -incluso, este columnista-, de construcciones de aeropuertos y de seguridad aérea? Yo, confieso mi absoluta ignorancia al respecto.

Y toma mayor relevancia el hecho de decidir si se erige la nueva terminal aérea o se manda al cajón de los proyectos inservibles, cuando la mayoría de los mexicanos sabemos que el actual Aeropuerto “Benito Juárez” está saturado desde hace años, que representa una verdadera molestia a los usuarios quienes están fastidiados por las constantes demoras en las salidas y arribos, por esperar horas para abordar o desembarcar, para recoger el equipaje. Es un aeropuerto tercermundista, indigno de una nación que buscar insertarse en el primer mundo. Las condiciones paupérrimas en que opera el Benito Juárez, a pesar de sus defensores oficialistas, lo tiene convertido en un auténtico aeropuerto “bananero”, cuya vida útil ha sido ampliada artificialmente con remiendos caros y chafas.

Los perniciosos efectos de tan bananeras y vetustas instalaciones las sufren cotidianamente miles de usuarios. El autor de Andares Políticos se convirtió este domingo en una de esas atribuladas aerovíctimas. Por cuestiones profesionales tuve que viajar a Monterrey el fin de semana. El regreso de la Sultana del Norte por Viva Aerobús (vuelo 1710) fue hasta placentero; el Airbus 320 de nueva generación es un agasajo. Luego de tocar pista a las 19:45 horas, la tripulación presumió por el sonido que habíamos llegado 15 minutos antes de lo que señalaba el itinerario, a más de uno nos llenó de gusto.

Mas no podía faltar el fatídico pero: llegamos a una terminal remota allá por la sala uno. Tuvimos que esperar en el avión 25 minutos para descender y dirigirnos a los camiones que nos llevarían al edificio terminal; la unidad se encaminó lentamente hasta el extremo opuesto del aeropuerto, en la lejana sala 28, donde se ubican las llegadas y salidas internacionales, la lógica indicaba que nada teníamos que hacer ahí. Los camiones se estacionaron uno tras otro, pero no se abrían las  puertas para bajar, así estuvimos unos 12 minutos, sin que nadie del personal tuviera la cortesía de informar qué pasaba. Seguramente alguien se dio cuenta de la tremenda pifia y cual tortugas reumáticas los autocares y sus apretujados ocupantes emprendimos el regreso a la posición remota inicial, hasta  la uno. Finalmente pudimos, luego de una hora desde que aterrizamos, abandonar el bananero, saturado e incómodo aeropuerto de la Ciudad de México. La saturación es la causa del caos.

Historias como la descrita debe haber muchas cada día en el otrora funcional aeropuerto de la capital de la república, que hoy no es sino un verdadero cascarón impráctico, caro, al que le urge un sustituto. Por ello es impostergable continuar con la construcción de la nueva terminal. Más allá de la politizada –insistimos- y fatua discusión acerca de si va o no el proyecto, la necesidad de unas instalaciones de última generación acordes a la intensa actividad turística y comercial, es evidente.

Andrés Manuel López Obrador, conducirá el destino de 130 millones de mexicanos el próximo sexenio, y para trascender debe conducirse con veracidad, sin engaños. Tiene todo para convertirse en el líder que México necesita; llega al poder con un gran capital político y eso lo potencializa. Poner sobre la mesa la construcción del NAIM sin rodeos, sin chicanas, es urgente e impostergable, pero debe ser analizado por quienes saben, por especialistas, por los expertos, y no ceñirse de manera obcecada a un proyecto que no garantiza ni seguridad, ni beneficios.

Ojalá que todas las partes involucradas actúen con la madurez y responsabilidad que demanda la sociedad mexicana en este caso. Descalificar a priori no sirve, tampoco que los inversionistas vean como un botín en todos los sentidos la gigantesca obra. Mesura, inteligencia y diálogo, son necesarios.

@BTU15  

*Nota del Editor: Foto: Especial Internet*