Adieu, querida Notre Dame

París está ligado estrechamente a los mexicanos. Son lazos indisolubles. La amplia cultura, historia, belleza y gastronomía han cautivado, desde tiempos ancestrales a intelectuales, artistas, escritores, políticos, aristócratas y al ciudadano común y corriente (que de corriente, tiene nada).

Recorrer sus calles y hartarse de belleza, romanticismo y vasta oferta cultural, es un maravilloso regalo para los sentidos y el espíritu. Aunque resulta caro el viaje y estancia para el mexicano promedio, la Ciudad Luz lo vale. Ejemplo de democracia (aunque hoy esté un tanto vapuleada por Macrón y los chalecos amarillos), París es una fantástica urbe multicultural a causa de su amplio bagaje étnico que en él vive. Para muchos latinoamericanos, africanos, árabes, y europeos, es su segundo país.

La cooperación científica entre Francia y México, y el cada vez más intenso intercambio de estudiantes entre ambas naciones es otro punto sólido de la relación. El comercio franco-mexicano, aunque no es precisamente el de mayor volumen, no deja de ser interesante. De acuerdo a datos de la Embajada francesa en la república mexicana, el canje de mercancías y servicios refleja un aumento constante desde 2011; y ya en 2016 alcanzó un monto de 6 mil millones de euros, 9.2% más que en 2015. En 2016, México fue el 31° socio global de Francia, y ésta, el 11° para nosotros.

Nuestro país es sede de 550 empresas francesas que dan empleo a 110 mil mexicanos, mientras que unos 222 mil turistas galos visitaron tierra azteca (información: Embajada de Francia, correspondiente al año 2015). Y en un área neurálgica, Francia es el tercer destino de estudiantes connacionales que eligen a ese Estado al otro lado del Atlántico para matricularse en una de sus prestigiadas universidades o cursar programas de postgrado. 

Por eso, el incendio que arrasó la tarde de este lunes a la emblemática Notre Dame duele a muchos mexicanos. Hay razones de sobra para ello.  La pérdida de un monumento histórico-religioso como lo es la Catedral de Notre Dame no sólo duele a los franceses sino al mundo entero por su enorme significado. Más allá del sentido estrictamente religioso, es un ícono de la libertad en el mundo, del esfuerzo, del no rendirse ante las adversidades –y vaya que Francia las ha padecido- de la tenacidad y del progreso.

Así, para quienes hemos tenido la fortuna de visitar París y admirar su cauda de monumentos y sitios históricos, donde Notre Dame constituye uno de los principales, es especialmente triste ver en la televisión y las redes sociales como las llamas consumieron casi en su totalidad el icónico lugar.

Se estima que la capital francesa es visitada anualmente por alrededor de 17 millones de turistas. Y hay una poderosa razón para no dejar de hacerlo al menos una vez en la vida: es adictiva. Así es, si uno llega a París, lo más probable es que caiga en las redes de su seducción. Ya no será posible desprenderse de su encanto. Caminar por Campos Elíseos es toda una experiencia, sentarse en la terraza de uno de los tantos cafés que hay en la famosa avenida, sólo para mirar, es catártico.

Quizás por los grandes y variados atractivos de toda índole que posee París, es que reunió en distintas épocas de su vida a escritores de la talla de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Elena Garro y también a otros latinoamericanos destacados como Pablo Neruda, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, y Mario Vargas Llosa, entre otros ilustres literatos. La ciudad de la luz, es sinónimo de arte y cultura.

Notre Dame, la Catedral herida de muerte por el abrazo inmisericorde del fuego aniquilador, ha sido escenario de los más diversos sucesos e historias. Incluso, fue el lugar elegido por Antonieta Rivas Mercado, mecenas, promotora cultural, activista política y defensora de los derechos de la mujer, para suicidarse de un balazo en 1931. La hija del arquitecto Antonio Rivas Mercado, diseñador del Ángel de la Independencia, con esto, casi provocó la ruptura de las relaciones diplomáticas entre Francia y México. Afortunadamente no fue así.

Tampoco la Guerra de los Pasteles ni la intervención francesa lograron cortar de tajo los profundos lazos entre ambas naciones. El afecto entre los pueblos francés y mexicano está por encima de sus gobernantes y sus mezquinas ambiciones políticas. Por eso el mexicano es bienvenido en Francia, especialmente en París. Ahí se reconoce sin ambages la herencia cultural de México y el talento de los mexicanos bien nacidos. En contraparte, al ciudadano francés se le respeta en esta tierra.

Es una tristeza indescriptible la destrucción de Notre Dame, el lugar donde en 2001, pocos días después del atentado a las torres gemelas en Nueva York, me senté en una de sus bancas y admiré su construcción interior, mientras tomaba un descanso tras caminar por las calles parisinas luego de convivir con unos poetas amigos y leer versos a la orilla del río Sena. ¡Adieu, Notre Dame!, ya no podré visitarte con mi hija, como lo prometí hace algunos años. Quiero recordarte como te conocí.

@BTU15

*Foto: PATRICK ANIDJAR / AFP, tomada de lemonde.fr*